por Juan Carlos Serra
Descondicionando el cuerpo, manteniendo independiente y natural el aliento, pacificada la emoción, tranquila la mente...
En la cultura occidental actual, y particularmente en nuestro país en las últimas dos décadas, la disciplina ha estado asociada al militarismo autoritario, la represión y la obediencia. Lejos de estas connotaciones, el camino de las artes marciales tradicionales muestra precisamente que la disciplina del cuerpo y de la mente y la práctica constante para el dominio de las diversas técnicas de lucha, no tiene otro objeto que el descondicionamiento y la espontaneidad, la expresión libre y creativa del guerrero para el logro de sus metas.
En este breve trabajo vamos a intentar fundamentar esta tesis basándonos especialmente en el libro de Thomas Cleary, “El arte japonés de la guerra”, que reúne aportes de artistas marciales como Yagyu Munenori, Miyamoto Musashi y Suzuky Shosan entre otros, los cuales dan cimiento a buena parte de la tradición marcial japonesa.
En distintos momentos de la historia japonesa la cultura recibió importantes influencias del budismo zen proveniente de China. Maestros chinos viajaban por Japón para difundir sus enseñanzas o bien monjes japoneses iban a estudiar a China para regresar luego de unos años a su tierra. Los maestros de las artes marciales adoptaron estas enseñanzas y las aplicaron a su propio desarrollo y al de las artes marciales, lo cual queda reflejado en su obra. La síntesis por ellos elaborada ha sido tan acabada que no siempre es sencillo diferenciar los elementos provenientes del budismo de aquellos provenientes propios de la vía marcial.
En relación con el tema que nos ocupa, resulta central la relación entre la práctica, que se traduce en un conocimiento profundo de las técnicas por parte del guerrero, y la posición de la mente que este conocimiento permite, relacionado con la noción zen del vacío.
Según Cleary, “los guerreros siguieron las enseñanzas zen de vaciar la mente con varios propósitos: uno fue el de penetrar en el arte mismo del aprendizaje; otro fue el de aprender a actuar con eficacia espontánea, libre de dudas, vacilaciones y miedos, en cualquier circunstancia en que pudieran encontrarse; querían ver la realidad de manera independiente y sin influencias externas; y también querían aprender a conocer las cosas antes de que sucedieran, hacerse invulnerables a sus enemigos y convertirse en maestros de su propio destino”. (pág. 58).
La noción de vacío –en tanto experiencia subjetiva- es difícil de describir. Musashi (1999) dice, en el último de sus manuscritos, precisamente el del “Vacío”, que “es el estado en el que no hay oscuridad y las nubes de la confusión han desaparecido” (pág. 120). Sin embargo, son más fácilmente visualizables las consecuencias de este logro en el guerrero y su relación con la práctica.
“Cuando se va haciendo el trabajo efectivo sin darse cuenta y se acumula la práctica, poco a poco desaparecen los pensamientos de un progreso rápido, y cualquier cosa que hagas se libera espontáneamente de los pensamientos conscientes. En estos momentos ya ni siquiera sabes quién eres; cuando tu cuerpo, pies y manos, actúan sin que la mente intervenga, no cometes ningún error. Cuando no estás conscientemente atento, tienes éxito continuamente” (Yagyu Munenori, citado por Cleary, pág.53).
“Cuando haces cualquier cosa en el estado ordinario de la mente, si ésta está totalmente vacía, todo sucede con facilidad y sin trabas.
Cualquier cosa que hagas es tu Camino. Si estás obsesionado con éste, o piensas que es lo único importante para ti, entonces no es el Camino. Es cuando no estás emocionalmente apegado cuando estás en el camino. Cualquier cosa que hagas de esta manera, funciona fácilmente” (Yagyu Munenori, citado por Cleary, pág.52).
“Se vuelve más fácil hacer cualquier cosa cuando llegas a no tener nada en tu mente. Por esta razón, el objetivo de todas las artes zen es el de limpiar lo que hay en tu mente. Al principio no sabes nada; apenas tienes siquiera preguntas en tu mente. Después, cuando empiezas a estudiar, hay algo en ella que te bloquea, y hace que todo sea difícil.
Cuando lo que has estudiado abandona por completo tu mente, y desaparece también la práctica, puedes ejercitar fácilmente y sin desviación cualquier arte que hayas empezado, y realizar las técnicas sin preocuparte de lo que has practicado” (Yagyu Munenori, citado por Cleary, pág.56).
Mi propia experiencia en el Dojo –aún sin poder alcanzar ese estado de la mente- me permite comprobar estas ideas. Es habitual que luego de la práctica reiterada de una técnica adquiera cierta naturalidad en su aplicación, con escasa intervención “consciente”, es decir, el cuerpo actúa por si mismo, en una secuencia completa y fluida. Pero precisamente cuando por indicación de un instructor me dispongo a corregir un aspecto particular de esa técnica –la posición de un pie o de una mano, la inclinación del cuerpo, la rotación de la cadera, la actitud, etc.- parece como que toda la técnica se desmoronara. La atención en ese aspecto particular desequilibra toda la técnica, como si se produjera un retroceso, aparecen nuevos defectos, la aplicación de la técnica se vuelve lenta, torpe, disarmónica. Solo luego de mucha práctica la técnica recobra la fluidez original, incorporando ahora el nuevo elemento.
Esta parece ser una regla general en el proceso de aprendizaje[i], que los maestros del pasado ya advertían al explicar la relación entre la práctica y la adquisición de las diferentes técnicas y entre la aplicación de éstas y las distintas posiciones de la mente. Sólo es posible liberar la mente, “vaciarla”, cuando la práctica se ha hecho “carne” en el aprendiz. En este estado de la mente, sin fijaciones, apegos ni estados emocionales que la perturben, es posible una justa percepción que da al guerrero la capacidad de anticipar las acciones del enemigo y actuar en consecuencia.
Esta es la clave en el combate, porque precisamente las enseñanzas tradicionales referidas a las estrategias de guerra, a lo que se ha llamado el “arte de la ventaja”, se fundamentan en la sorpresa, el uso de lo inesperado, y en el aprovechamiento de las ventajas que el enemigo provee, las debilidades que surgen como consecuencia de su desconcierto, de la pérdida de su estado de armonía. El éxito del combate reside entonces en cuál de los contrincantes logra mantener “su centro”, la justa percepción de la situación que permite anticipar las acciones del oponente y aplicar la respuesta sin intervención de la mente, es decir, la inmediatez de la respuesta. Sobre estas cuestiones escriben los maestros japoneses. Citando nuevamente a Yagyu, él expresa:
“Eliminar las preocupaciones tiene como objeto percibir las intenciones. Si no se eliminan, estarás distraído por ellas y no podrás ver. Si no puedes ver, estás perdido” (citado por Cleary, pág.59).
“En términos generales, la inquietud significa una fijación de la mente. El budismo la llama apego y la considera en extremo indeseable. Si la mente se aferra a un lugar y se demora allí, no se puede ver lo que hay que ver e inesperadamente se extravía” (citado por Cleary, pág.72).
Por otra parte, dado que el entrenamiento no tiene un fin en si mismo, sino que es un medio para alcanzar la independencia del accionar, la tradición marcial japonesa advierte sobre todo tipo de exageraciones que puedan perjudicar al practicante. Así lo expresa Shosan:
“Los que comienzan una disciplina deberían examinar si son auténticamente sinceros al hacerlo. Nadie debería forzarse a emprender una disciplina sin ser realmente auténtico. Si actúas de manera irrazonable y te sometes a privaciones, quedarás exhausto y disminuirás tu potencial, sin provecho alguno.
Cuando tu estado psicológico es malo, las disciplinas lo empeorarán. La disciplina ha de utilizarse para fortalecer el potencial, así que es imperativo evitar el agotamiento” (citado por Cleary, pág.75).
Finalmente, la tradición marcial también advierte sobre la desviación que representa el intelectualismo. Solo aquellos conocimientos que se ponen en práctica y que se adquieren a través de la práctica constituyen un verdadero logro.
“Lo mismo que alguien que cuenta los tesoros de los demás sin tener una sola moneda propia, así es la persona instruida que no aplica sus enseñanzas. Igual que alguien que proclama en una esquina toda clase de palabras cultivadas, pero que carece de virtud dentro de sí, así son los que no practican” (Sutra del ornamento floral, citado por Cleary, pág.69).
En síntesis, el guerrero debe poner en armonía los aspectos físicos y mentales, sin exageraciones ni inclinaciones, para el desarrollo del potencial que le permita su expresión espontánea y creativa en todas las situaciones de su vida cotidiana.
Bibliografía
Cleary, Thomas, (1996), El arte japonés de la guerra, EDAF, Madrid.
Musashi, Miyamoto, (1999), El libro de los cinco anillos, versión de Thomas Cleary, EDAF, Madrid.
[i] Aún la psicología cognitiva contemporánea –como la genética piagetiana- explica el desarrollo del aprendizaje y de la inteligencia como un proceso de continuos equilibrios, desequilibrios y nuevos equilibrios en una posición superior.
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